Ser madre, ser persona

Autor Lunes, junio 26, 2017 0 No tags Permalink 0

 

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“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, Mahatma Gandhi.

Hoy voy a hablar de lo  que significa ser madre.

Ser madre es intentar hacer las cosas lo mejor posible, al margen de los resultados. ¿Acaso un atleta que no gana una medalla de oro es peor que aquel que sí la ha ganado? La gente es grande por lo que supera, no por lo que logra.

En realidad ser madre solo trata de una cosa: del amor; aunque tristemente también añadiría otra palabra: la culpa. He conocido ancianas que han llevado consigo durante toda una vida el torpe pensamiento de creer que no han sido buenas madres. Nos creemos culpables de todo lo triste que le sucede a nuestro hijo, desde sus enfermedades hasta de las elecciones que hagan en la vida cuando sean adultos. ¿Cómo es posible?

Con el tiempo acepté que querer controlarlo todo es como ponerle puertas al campo. Permanecer abierta a todo lo que saliera a mi encuentro era más que suficiente. Ser madre es admitir que todos, absolutamente todas las personas somos maravillosamente imperfectas. Es abrazar nuestra fragilidad de seres vulnerables, descubrir que las habilidades maternales se aprenden con el tiempo y que la madre naturaleza, nuestros genes, solo nos regala el instinto de protección. El resto, como cualquier oficio, es un aprendizaje continuo.

 

Cuidar a otros nos hace grandes, inmensas, cierto. Sin embargo, no hay que idealizar la maternidad, ni subirla al olimpo de los dioses. Ni la vida ni los hijos son de color rosa ni azul cielo, son como nosotros: impredecibles y complejos. Toda una aventura, todo un desconcierto.

Por lo general buscamos aquello que no existe; la dichosa perfección. Decía con mucha razón Mario Benedetti: “La perfección es una pulida colección de errores”.  He necesitado muchos años para dejar volar la eterna duda de si he sido y soy buena madre. Miro atrás y me veo tan ingenua recordando aquel tiempo… Las normas implantadas como si fueran dogmas, los consejos  seguidos al pie de la letra, el sólido armazón de lo que yo pensaba que era una maternidad perfecta. Qué inocente fui complicando lo sencillo.

Ser madre es no entender nada, amar lo que haces sin preguntas y, lo más asombroso, sin respuestas. Y es que hay momentos en los que literalmente bebes la vida, instantes fugaces de una plenitud conmovedora que nada tiene que ver con los miles de pájaros que la dichosa sociedad ha puesto en nuestras cabezas.

Hay días en que la fe en ti misma desaparece, que todo se nos escurre entre los dedos sin saber cómo, días en los que las tormentas pueblan nuestro mapa sin cesar. En otros, por el contrario, parece que la belleza del mundo entero habitará nuestro hogar eternamente. Sueños. Cuando los niños duermen y el silencio de la noche entra en tu hogar con nuestras cosas a medias, nuestro desorden medio ordenado, nuestras listas de tareas no terminadas, nos encontramos con la mujer, con la persona: fuerte, débil, delicadamente poderosa.

Querer estar a la altura de las expectativas sociales, familiares, personales es querer tocar las estrellas, nos quemarían las manos. Lo esencial eres tú, tus creencias,   tú conciencia. Y es que a veces miramos desde una altura tan alta que todo, absolutamente todo, se confunde.

¿Qué hacer cuando surgen las dudas?

Tomar aire y respirar despacio. Abrir los pliegues del alma y dejar allí acunado vuestro quehacer diario, vuestro impagable esfuerzo, vuestra colosal paciencia y sobre todo ese amor infinito que nunca imaginasteis poseer. Sentir vuestro ese paisaje recién conquistado; ese espacio sagrado entre la niñez y la madurez llamado maternidad.

Porque, después de todo, lo que realmente importa es amar lo cotidiano, nuestras lunas y nuestros soles, de eso trata ser madre, ser persona. Las palabras, los conceptos, las opiniones ajenas son solo pájaros en el cielo que debemos dejar volar y volar. Igual que ellos algún día volaran.

 

“Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.

Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.

Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.

Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.

Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.

Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.

Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.

En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.

Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’. Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

Rabindranath Tagore

Padres de bebés prematuros, entre el estupor y la maravilla

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“Estamos vivos por dentro cuando sabemos acoger lo que nos viene de fuera. Cuando lo de fuera, sea lo que sea, frágil, es lo frágil y lo velado, lo gestado y lo naciente”, Pablo D´Ors

El nacimiento de un bebé prematuro es algo desconcertante. Llega de forma inesperada, como una estrella fugaz que nadie espera. Este “antes de tiempo” deja a los padres desprotegidos, vulnerables, a la intemperie de unas emociones y sentimientos difíciles de aceptar y comprender.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Qué hemos hecho mal? Una larga constelación de preguntas se va hilvanando una a una con una dolorosa cadencia en ese universo idílico que se les ha venido abajo.  Ver a unos padres junto a su hijo prematuro es algo indescriptible. Desolados, perdidos, confundidos, como si de pronto se sintieran en otro mundo, en otro planeta y no supieran qué hacer, qué decir, qué sentir, qué pensar. Es una escena desoladora. De pronto un viento helado entra en sus vidas congelando sus sueños, sus fantasías, su construcción personal del nuevo rol. Tremendo.

En el aire flota una enorme interrogación que parece abrazarlos por sorpresa. Tumbada en la cama o en la mesa de partos, la madre lo ve desde lejos, cansada tras el desenlace. El padre, a pocos metros de la cuna térmica donde los pediatras reaniman al pequeño ser, tiembla. Aprieta los labios tratando  de sujetar las lágrimas que desbordan su realidad. Se lleva la mano a la boca. Incrédulo y desconcertado ante su hijo, ese diminuto bebé que no se atreve ni a mirar.

La presencia del bebé  es inmensa. Un arco iris en el cielo de la vida que refleja lo que somos, seres tremendamente frágiles. Cuando los veo así tan diminutos, tan vulnerables, tan tibios, tan luchadores, tan inquietos por vivir, pienso que son los seres que mejor definen la fuerza de la fragilidad.

“Descubrí el asombroso mundo de lo pequeño, donde se oculta, sin ninguna duda el misterio de todo lo visible e invisible”, Pablo D’Ors.

Para los padres y la familia, es una tremenda crisis emocional. Experimentan reacciones de duelo,  tristeza, pérdida de apetito, alteraciones del sueño, rabia, culpa y desesperanza. Aparece un vaivén de emociones por el que transitan asustados. El rechazo, la culpa, el miedo se instala en su alma como una cigüeña en un campanario hasta que el tiempo echa a volar esos inquietos sentimientos.

La madre es la que más sufre. Sin lugar a dudas. El sentimiento de culpabilidad es terrible, devastador. De pronto, repasa el pasado como un detective buscando pistas; conductas, comidas, paseos, actividad sexual, pensamientos, lo que sea, algo que ayude a comprender donde estuvo el error.  A todo ello hay que añadir una tristeza infinita. La que sienten al no querer encariñarse con su diminuto hijo por si no sobrevive. Creen, erróneamente, que el dolor será menor. ¿Qué hago? Y si sobrevive, ¿cómo podré cuidar a un ser tan frágil?, se pregunta la madre, vigilante de un milagro que no sabe cómo vivirá.

“Ser vigilante no es, pues, una simple ocupación: es un modo de ser y de estar en el mundo. Es imposible que la custodia de la belleza no imprima carácter”, Pablo D’Ors.

La madre experimenta una doble crisis. Por un lado atraviesa la crisis vital que supone la maternidad y por otro, la crisis circunstancial de la separación e ingreso hospitalario de su bebé. Todo ello conlleva una disminución de la autoconfianza y autoestima de la mujer, junto con sentimientos de ansiedad, fracaso, decepción, impotencia, miedo, frustración y envidia.

“Los padres atraviesan diversas etapas. La primera es de conmoción o choque, la segunda es de negación, luego prosigue una etapa de trueque en la cual se da un acercamiento a la religión. La tercera etapa tiene como reacciones comunes la tristeza, la ira, la culpa o la ansiedad. La cuarta etapa es de aceptación y la quinta es de reorganización o equilibrio”, Boullosa Frías, 2004.

Os dejo algunas sugerencias, recomendaciones e ideas que puedan ayudaros en vuestra perpleja y asombrosa maternidad.

  • Descansa y evita pensar en desastres. Hay un proverbio chino que dice: “No puedes evitar que los pájaros de la tristeza sobrevuelen tu cabeza, pero si puedes evitar que anide en tu cabello”.
  • Acepta como parte del proceso esos sentimientos tan extraños y desconcertantes que vives. Los experimentan todos los padres de prematuros diariamente. Son parte del proceso de adaptación y crecimiento personal.
  • Ignora la palabra ‘culpa’. Son cosas que pasan, no se pueden prever. Lo que hiciste o dejaste de hacer no tienen que ver con lo sucedido.
  • Busca a personas, asociaciones, que hayan pasado o estén pasando por ello. Apóyate en ellos. Pide ayuda, consejo, orientación. No estás sola.
  • Pregunta todo lo que necesites saber a los profesionales que cuidan de tu bebé; pediatras, enfermeras, auxiliares. Todas tus dudas son comprensibles, normales, necesarias. No te quedes con nada dentro.
  • Mientras esté vivo, la esperanza es tu seña de identidad. Aférrate a ella como un náufrago a su barca. Conecta con tu hijo, tócalo, acarícialo, bésalo, siéntelo cerca, háblale y si lo necesitas, reza.

http://cybertesis.uach.cl/tesis/uach/2004/fmb764c/doc/fmb764c.pdf

http://www.aprem-e.org/

http://cpbf-fbpc.org/

 

“Me parecía inconcebible que entre mi cerrar y abrir de ojos hubieran podido trascurrir cinco, seis y hasta siete horas. Pero ahora sé que toda la sabiduría está en abrir los ojos. Claro que para abrirlos también hay que haber sabido cerrarlos. Lo más inverosímil de nuestra vida es lo mucho que miramos sin ser capaces de ver”.

“El Estupor y la Maravilla” Pablo D´Ors

 

Madurez e inteligencia emocional en la maternidad

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No eres ambicioso: te contentas con ser feliz,  J. L. Borges

Hoy quiero hablar de Inteligencia emocional en la familia, en la maternidad. Estoy convencida. Lo sé. Lo veo, lo escucho y, sobre todo, lo he experimentado: el ser madre te da una serie de herramientas para manejarte en la vida que de otra forma jamás hubieras obtenido.

Hablo de inteligencia emocional. Ese concepto que apareció por los años 90 de la mano del psicólogo estadounidense Daniel Goleman, y que hoy es todo un referente del termómetro de la felicidad.

http://www.danielgoleman.info/topics/emotional-intelligence

Si de algo pueden presumir las madres y algunos padres es de manejar el día a día, lo cotidiano e importante, con auténtica sabiduría práctica y sobre todo emocional.

A veces creemos que somos menos inteligentes que otras súper-mujeres, súper-personas que brillan intelectualmente. Todo un error. Un coeficiente intelectual alto habla de sobresalir en habilidades de razonamiento abstracto, verbal, numérico y espacial. Sin embargo, las decisiones transcendentales de nuestra vida no tienen nada que ver con deducciones abstractas.

“Lo que realmente importa para el éxito, carácter, felicidad y logros vitales es un conjunto definido de habilidades sociales, no solo habilidades cognitivas que son medidas por test convencionales de coeficiente intelectual”, Daniel Goleman.

Una madre o un padre no solo aprende a gestionar sus emociones, una auténtica necesidad vital; sino también algo muy, muy importante, enseña a sus hijos a gestionar las suyas.  Y con el tiempo te vuelves toda una experta en manejo de situaciones difíciles.

 “Lo mejor que los padres pueden hacen por sus hijos es ser seres emocionalmente inteligentes“, Daniel Goleman.

Hombres y mujeres nos complementamos. No seríamos quienes somos sin el otro, sin esa persona que nos mira y en la que nos miramos. Y aunque para criar un bebé hace falta una tribu, son palabras de Laura Gutman, yo creo que, si contamos con un padre y una madre  emocionalmente competentes, el niño dispondrá de todo el afecto y la ayuda necesaria para crecer sano a todos los niveles.

“ Las mujeres, en general, tienden a ser más conscientes de sus emociones, muestran más empatía y son más hábiles interpersonalmente. Los hombres, por otra parte, tienen más autoestima y son más optimistas, se adaptan más fácilmente y controlan mejor el estrés”, D. Goleman.

¿Cuáles serían esas características que expresan una buena inteligencia emocional?

  • Empatía ante las emociones ajenas. Nadie como nosotras para entender a nuestros hijos.
  • Tolerancia a la frustración. Todos los esquemas de perfección y logros caen como un castillo de naipes ante el bendito desorden de un hogar con niños.
  • Expresión controlada de sentimientos. No hay nada como tener hijos para morderte la lengua o expresar tus cosas de forma más controlada y racional.
  • Motivación. Nuestros actos y pensamientos se enfocan en el logro de metas para nuestros niños y para nosotros. Para mí, ser madre fue una de las grandes motivaciones para aprender y crecer. Desarrollamos la iniciativa y perseverancia con un entusiasmo total por y para ellos, por y para nosotros.
  • Aceptar tus emociones y expresarlas adecuadamente. Llorar y reír. Reír y llorar y quedarnos en la gloria. ¡Magnífico!
  • Descubrir el placer de vivir. ¡Cierto! Creo que el sentimiento de agradecimiento y felicidad van unidos al mundo de la maternidad. Es una constante. Compañeras, amigas y conocidas refieren que ser madre les ha hecho valorar lo esencial de la vida y centrarse en lo importante.

Como ves, puedes sentirte orgullosa, grande y fuerte. Tienes un don, el regalo de la maternidad o paternidad. Tienes la oportunidad y las herramientas para descubrir y abrazar tu propia inteligencia emocional. Felicítate y sonríe.

http://www.uned.es/dpto-psicologia-social-y-organizaciones/paginas/profesores/Itziar/IE_AEstres06.pdf

 

El amor nuevo

Todo amor nuevo que aparece

nos ilumina la existencia,

nos la perfuma y enflorece.

En la más densa oscuridad

toda mujer es refulgencia

y todo amor es claridad.

Para curar la pertinaz

pena, en las almas escondida,

un nuevo amor es eficaz;

porque se posa en nuestro mal

sin lastimar nunca la herida,

como un destello en un cristal.

Como un ensueño en una cuna,

como se posa en la rüina

la piedad del rayo de la luna.

como un encanto en un hastío,

como en la punta de una espina

una gotita de rocío…

Amado Nervo

El embarazo, tiempo de lecturas. Mujeres que leen

Autor Lunes, septiembre 7, 2015 0 No tags Permalink 0

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“La mujeres que leen son poderosas”. Un frase de Rosa Montero con la que coincido plenamente. Hace unos años salió un libro llamado “Las mujeres que leen son peligrosas”. Un libro cargado de sensatez y sabiduría que explica a través de la historia cómo cambio el destino de la mujer gracias a la lectura y a la escritura. Pensando en ese libro,  me vino a la cabeza la imagen de las gestantes ingresadas. El libro sobre la mesita, el libro en sus manos, el libro junto a la almohada. Estampas de esa espera mágica y especial.  Muchas mujeres refieren que la lectura entró en sus vidas de la mano de la maternidad.

”El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. La lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción y no se resignan a cerrar el libro sin que algo haya cambiado en su propia vida. El libro se convierte en iniciación.Laure Adler.

El embarazo es tiempo de lecturas, de reflexión, un tiempo en el que la actividad se enlentece y nos volvemos más reflexivas. Recuerdo leer con especial ferocidad durante los embarazos de mis hijos. Tardes enteras buceando en historias en las que solo alzaba la vista para esbozar una sonrisa al sentir el movimiento del niño.

Según las estadísticas, el 80% de los lectores son mujeres. Y aquí están todas, niñas, jóvenes, maduras, ancianas y sobre todo madres. En estas apabullantes cifras, no solo hay mujeres que leen historias para sí mismas, sino para otros. Madres que por las noches junto a la cama de sus hijos abren un cuento y comienzan a ser la princesa valiente, el guerrero tierno, el lobo bueno, el dragón tímido y así cientos de personajes inolvidables. Porque gracias a nuestra madres, y padres, entramos en ese mapa de realidad y fantasía que siempre habitamos, el país de nunca jamás.

Sin embargo a lo largo de los siglos hemos tenido que escuchar cantidad de animaladas referidas a esta divina afición. En el siglo XIX, E. Clark profesor de Harvard divulgó la idea de que la educación superior debía estar prohibida para las damas para mantener la supervivencia de la especie humana: “No te cases con una mujer que lee, porque se queda estéril”. Increíble y sobre todo, triste.

Por suerte para todos, los tiempos cambian y  no creo que  nadie piense que las mujeres que leen son peligrosas.  Muchas de nuestras grandes autoras se iniciaron en el fascinante mundo de los libros con el sonido de la voz de su madre contándole un cuento. Un recuerdo emotivo, bello y práctico. ¡La lectura nos salva de tantas cosas!

Aquí os dejo testimonios de escritoras hablando sobre esa idea. Buena lectura.

“He sido un ratón de biblioteca desde que tengo uso de memoria; comencé a leer a edad temprana y no he parado desde entonces. Mi familia y yo vivíamos en las montañas al sureste de Queensland, Australia, donde había multitud de vetustos aguacates, y mi entretenimiento favorito de niña era construirme un nido en alguna de sus ramas, llevarme una manta, algo de comer y de beber… y leer todo el día. Siempre me escondía cuando leía –el hecho de ocultarme en cierto modo hacía que resultase aún mejor–, y ahora cuando escribo trato de evocar la misma sensación de desaparecer dentro del mundo de la historia”. KATE MORTON

 ¿Son peligrosas las mujeres que leen? Una vez estaba en Polonia haciendo promoción de mis libros. Después de una entrevista en directo, durante el tiempo de preguntas del público, una mujer levantó su mano. – ¿Crees de verdad que Robert, el marido de la inspectora de policía Anna María Mella es un personaje creíble? – ¿Qué quieres decir con eso? Pregunté. – ¿Tú crees que no es creíble que él sea tan perezoso y poco cooperador en casa? – No, ¡que él sea tan amable! Ella está siempre trabajando y él nunca se enfada porque ella no está en casa preparándole la cena. ¿De verdad hay hombres así? Después pensé sobre lo que ella había dicho. En Suecia los hombres recogen a los niños en la guardería, tanto en la realidad como en los libros. Los hombres preparan la cena, vacían el lavaplatos y limpian la casa. Claro, no con tanta frecuencia como las mujeres, pero lo hacen. En realidad, yo creo que Robert Mella es un marido perezoso. Pero la mujer del público pensaba que era el marido ideal. Cuando describo el día a día de la gente, a algunos lectores les puede parecer que doy un enfoque político y feminista. La lectura te da nuevas perspectivas, tanto globales como históricas. Incluso leyendo novela policíaca. Si por peligrosas entendemos mujeres que no permiten ser pisoteadas, entonces sí, yo espero que la lectura haga a las mujeres peligrosas. Esto es lo mínimo que puedes pedirle a un libro, ¿no? ASA LARSSON

No es que las mujeres que leen sean peligrosas. Es que lo son las personas que leen. Prueba a intentar engañar, manipular, estafar, dirigir a alguien acostumbrado a leer. Aquellos que leen son más sabios, más buenos, más tolerantes. Tienen una mayor capacidad para la empatía, para entender y comprender mundos ajenos, para hablar a los demás de su propio mundo, para tener un criterio propio y ser capaz de compartirlo, de defenderlo, de argumentar. Claro que algunos tienen miedo a quienes leen. Porque nada hay tan libre como una persona bien formada. Para someter a alguien hay que empezar por apartarlo de todo lo que está en los libros, que son la llave para abrir la puerta a todo aquello que nos hace más libres y más buenosMARTA RIVERA DE LA CRUZ

Madres solteras. La vida desnuda

Autor Martes, mayo 19, 2015 5 No tags Permalink 0

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“Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor. ”

Teresa de Jesús

 

Madres solteras por elección. A menudo atiendo partos de mujeres que han elegido ser madres sin pareja. Y pienso en aquellos años cuando ser madre soltera era una impuesta circunstancia, en ocasiones mal vista. Por suerte, los tiempos cambian y hoy en día este tipo de maternidad, es el fruto de una meditada decisión personal.

Familias monoparentales en las que la mujer es la directora y la actriz protagonista. Aquí pueden hallarse como en una galaxia de estrellas, madres viudas, separadas, divorciadas y sobre todo madres solteras por elección. Una maternidad que constituye toda una odisea. Helenas sin Ulises dispuestas a todo por ese hijo que viene con su particular pan bajo el brazo, su particular jardín de espinas y rosas.

¿Qué ventajas encuentran estas mujeres? La mayoría refieren como opción principal la posibilidad de llevar a cabo su propio proyecto personal, tener su propia familia. Solteras por azar y madres por elección. Madres que trenzan su nueva  vida, tirante como una cuerda, al servicio de su deseo.

“La verdadera nobleza es caminar toda la vida con pasos que salen del corazón; que tus actos estén de acuerdo con tus ideas, aunque el precio sea alto”. Rosa Montero

A veces el entusiasmo y la esperanza es un cielo nublado que no termina de clarear. Problemas como estrés por sobrecarga o conciliar la vida familiar y laboral, son parte de su universo. A modo de mantra, las he escuchado decir que a su día le faltan horas. Todo ello sin contar que los niños crecen y de pronto deben responder a la eterna pregunta sobre la identidad del padre. Muchas se encuentran con un calvario de incomprensión en medio de una discriminación laboral manifiesta. Y es que a mucha gente le incomoda las personas que se salen de la norma.

En España hay cerca de medio millón de familias monoparentales encabezadas por figuras maternas. Unas cifras que aumentan constantemente.

Lo curioso son los sentimientos que despiertan en otras mujeres. Sentimientos contradictorios de envidia, discriminación, críticas, admiración e incluso rechazo. Salirse de la norma en ocasiones, no es tolerable.

¿Qué hacer para sentirse mejor? Esencialmente buscar la compañía de iguales.

“No importa cuántas ya que una sola madre no logra criar a un niño. Pero cinco madres juntas pueden criar a cien niños. El secreto está en el conjunto, en la solidaridad, la compañía y el apoyo mutuo.  Ninguna mujer debería pasar los días a solas con los niños en brazos. La maternidad es fácil cuando estamos acompañadas. No juzgadas ni criticadas ni aconsejadas. Simplemente junto a otras personas, en lo posible junto a otras mujeres que estén experimentando el mismo momento vital. Cuando las mujeres estamos intercambiando conversaciones, bromas, llantos o recuerdos con otras madres, nos resulta muy liviano permanecer con nuestros hijos. En cambio, cuando estamos solas, creemos que no somos capaces y suponemos que deberíamos dejar a los niños al cuidado de otras personas para “ocuparnos de nosotras mismas”. Frecuentemente no registramos que el problema está en la soledad de permanecer junto al niño. No en nuestra incapacidad para amarlos.”

Laura Gutman

Aquí os dejo un listado de libros que pueden ayudar a dar respuestas a todas vuestras dudas.  Dudas de madres sin pareja, valientes y decididas. Madres solteras por elección.

  • “En busca de Clara, diario de una adopción” de Cristina Palacio
  • Madre sola, padre solo. Manual de instruccionesde Madeleine Deny.
  • “Madres Solas” de Pilar Cernuda
  • “Mi maternidad asistida o como ser madre por reproducción asistida y no morir en el intento” de Eva María Bernal
  • “Retrato en blanco y negro” Manual práctico de supervivencia para padres adoptivos
  • “Ser madre soltera” de Alicia Misrahi
  • “S.O.S. Mamá Soltera: Tips de supervivencia” de Dániza Tobar
  • “La guía de la familia monoparental” de Rachel Morris
  • “Aspirantes a madres solas. Un libro sobre reproducción asistida” de Eva María Bernal


http://federacionmadresolteras.org/

http://www.creandounafamilia.net/respuestas-para-la-gente-atrevida/

http://www.isadoraduncan.es/

 

 

Mensajes  para  embarazadas. Sentido y Sensibilidad.

Autor Miércoles, abril 22, 2015 4 No tags Permalink 1

Frases-para-decir-a-una-mujer-embarazada

“Mientras la imaginación permita a otras personas formarse juicios erróneos sobre nuestra conducta, así como sacar conclusiones a la luz de frágiles apariencias; nuestra felicidad estará en cierta medida en manos del azar”. Jane Austen

Navegando por este mundo virtual aparecen montones de páginas con consejos del tipo: cosas que no decir a una embarazada. Curioso. Las actitudes abarcan un rango que va desde un  paternalismo varonil hasta una hermandad femenina bienintencionada. Incluso algunos aconsejan cómo dirigirse a una mujer en ese estado de buena esperanza.  ¡Increíble! Como si de pronto el embarazo nos trasformara en extraterrestres y necesitáramos un código para interaccionar con los demás.

Sentido y sensibilidad, eso es lo que una mujer embarazada precisa.

La mayoría de las sugerencias se refieren al aspecto físico, que al parecer según algunas personas,  es lo que más les preocupa a las futuras madres.  Es como si las mujeres al gestar nos volviéramos ñoñas, hipersensibles, influenciables. Como si ciertos comentarios despertaran a la imprevisible y cambiante mujer que habita dentro. Una especie de ser frágil, dependiente, débil y vulnerable que pasa los días en un vaivén emocional mirándose el ombligo.  ¿De verdad damos esa  imagen?

En algunos foros y blogs encuentro mujeres molestas por el trato recibido cuando están gestando.  Un trato pueril que las hace sentirse endebles e indefensas.

La mayoría de consejos sobre qué no decir, hablan de  silenciar la percepción de un supuesto cuerpo grueso y deformado para no entristecer a la mujer. Por favor.

Lo curioso es que entendemos lo que leemos. Me explico. Los enunciados negativos consiguen el efecto contrario. Se memoriza el mensaje y al final acabas centrándote en aquello que quieres evitar.

El embarazo es un momento emocionante, grandioso. El cuerpo y la mente se reinventan. La lucidez se dispara. El cerebro femenino alcanza una claridad inusitada tratando de gestionar  el  cambio vital que sucede dentro de cada mujer.

Puede que haya cierta melancolía y el delicado tejido afectivo en ocasiones se vuelva áspero. Lo sé. Todos esos procesos entran dentro de la bendita, y también incómoda, normalidad. Nada es un camino de rosas.

Lo que más me asombra son los consejos dirigidos al sentido común, a esa sensatez y, sobre todo, sensibilidad que deberían primar por encima de la cháchara dañina.  Me refiero a ese tipo de información catastrofista y negativa que algunas gentes necias, se empeñan en contar.

Creo que es más importante centrarnos en los mensajes positivos. Un refuerzo amable, coherente y sabio es todo lo que necesita oír una mujer embarazada. Usemos el corazón. Resumiendo, sentido y sensibilidad.

 “Muchas veces las palabras que tendríamos que haber dicho no se presentan ante nuestro espíritu hasta que ya es demasiado tarde”. André Gide

Aquí os dejo algunas  frases para  las futuras mamás.

  • Enhorabuena, eres muy afortunada.
  • ¿Cómo te sientes? Puedes contarme lo que desees.
  • Felicidades, los bebés son un regalo, una bendición.
  • Tienes un brillo especial en la mirada, estás radiante.
  • Disfruta de este tiempo mágico. Como todo en la vida habrá momentos mejores y otros mejorables. Esa es la maternidad.
  • ¡Qué linda y plena te ves!
  • ¡Puede que no te sientas muy cómoda, pero estas radiante!
  • ¡Desprendes una energía especial!
  • ¿Necesitas algo? Cuenta con mi apoyo y mi compañía para charlar.
  • Dentro de un tiempo te sentirás más ligera y feliz con tu hijo en brazos.
  • Confía en ti, lo sabrás hacer fenomenal.
  • Todo irá bien, ya lo verás.

 

“Fueron subiendo por las colinas alborozándose con cada rayo de sol y cada desgarro azul, pensando en los propios pronósticos; y al recibir deliciosamente en sus rostros los soplos vivificantes del claro viento del sudoeste, lamentaron que los temores de su madre y hermana no habían permitido a éstas disfrutar de aquellas sensaciones tan exquisitas.
-¿Existe alguna felicidad en el mundo superior a ésta? -preguntó Marianne-. Margaret, hoy vamos a caminar por lo menos dos horas.”

Sentido y Sensibilidad Jane Austen

Doris Lessing, la escritora que narró su controvertida maternidad

 

 Doris Lesing maternidad, mujer, escritora premio nobel literatura

Contra la maternidad, la  literatura, rezaba el titular de un artículo sobre esta mujer, nobel de literatura 2007. Descubrí a esta escritora cuando contaba treinta y pocos años y mis hijos eran pequeños. Aún tengo párrafos subrayados que hablan de la maternidad y las contradicciones de la misma. Por entonces yo era una idealista convencida, que sublimaba el hecho de ser madre en aras de la más alta realización personal.

Me sorprendió leer el testimonio de esta mujer en su vida cotidiana, sus conflictos en el trabajo, el sexo, la política y sobre todo su controvertido instinto de madre.

“La personalidad maternal me llegó más tarde, con mi tercer hijo. En mi primer matrimonio la vida era completamente previsible, lo que comías, todo lo que hacías y yo pase por todo aquello como si se tratara de representar un papel en una obra de teatro que, en la realidad, odiaba amargamente”.

Esta creadora reflejó  en su obra  sus experiencias y sus contradicciones como madre. A los 36 años abandonó a su marido y sus dos hijos mayores en Sudáfrica y marchó con el pequeño hacia Inglaterra.  Lo contaba  sin reparos en todas las entrevistas. Tuvo que ser difícil y tremendamente inevitable. Seguro. Una necesidad existencial imprescindible para su supervivencia emocional que la mantuvo a salvo de sus propios demonios. Una lucha que se refleja en su obra, cargada de madres e hijas, rechazos y afectos mudos, encuentros y desencuentros.

Era una mujer rebelde, vitalista de ojos verdes y genio endiablado que hablaba con coherencia y lucidez. Sus personajes, eminentemente femeninos, retratan la vida y las luchas de las mujeres de su generación. Personas frustradas por no poder desempeñar un papel relevante en la sociedad por su condición de mujer. Como su madre, a la que describía como una mujer dominante y  fracasada de la que intentó escapar de su sombra durante toda su vida. Una figura hostil que fue modificando a lo largo de sus novelas para transformarla en una madre compresiva capaz de satisfacer las necesidades afectivas de una hija.

“Mi madre llegaba a toda prisa de la granja para decirme que era una irresponsable por tener otro hijo tan pronto, yo me defendía diciendo. ‘¿Por qué una mujer fuerte no puede tener dos bebés seguidos, todas las negras los tienen, o no?’. ‘Oh cariño…’. Y se largaba a quejársele a mi padre (…)”.

En sus entrevistas y libros su voz es apasionada y honesta. Una voz sincera sobre los hijos, ese sentimiento de querer y no querer que la embargara durante toda su vida en la tela de araña de la maternidad.

Su libro de memorias Dentro de mí retrata escenas del hospital donde tuvo a sus hijos, el contacto con el personal y las costumbres de antaño, un valioso testimonio escrito con una lucidez y elegancia sin igual. Aquí os dejo un retazo de sus memorias.

Mi segundo parto no fue lo que esperaba. Hago este apunte por esa afirmación de que lo que determina el transcurso del parto es la actitud mental. Mi primer parto o lying-in (“reposo en casa”, como solía llamarse antiguamente al parto, y con bastante acierto, pues debías guardar reposo durante semanas) lo abordé tranquilamente, sin esperar dolor, o dificultades, dada mi joven y arrogante salud. De nuevo la Primera Dama de la Clínica de Maternidad, la estúpida enfermera autoritaria, esas joviales enfermeras que se aseguran de que las madres y los bebés se vean lo menos posible.

 Llegué, como la primera vez, por la noche, tras reconocer los dolores que eran diferentes a otras punzadas, retortijones, sensaciones, presiones del final del embarazo, y por la inconfundible oleada de energía de la que te provee atentamente la Madre Naturaleza. Sola, iba y venía por la habitación, después de haber sido bañada y, por supuesto, afeitada. Como de costumbre, la clínica ya no daba más de sí. “Tú sé buena chica”, gritaban las enfermeras, asomando sus cabezas sonrientes por la puerta.

Yo quería estar sola. Paseé, paseé toda la noche, dando vueltas y vueltas, fui a ver a los bebés que al principio todavía dormían, pero después los evité cuando empezaron a dar gritos, dos horas antes de la hora de comer. Miré las estrellas por la ventana. Me preguntaba cómo lo estaría llevando Frank con John. Después, a las diez de la mañana, unas punzadas aguadas, entraron el doctor y las enfermeras, y el bebé nació al cabo de media hora. Todavía esperaba que comenzara el parto. Me había dolido muy poco antes del cloroformo. Me enseñaron una niña menuda, más pequeña que su hermano, y al mismo tiempo hecha evidentemente de algo diferente, una cosita hermosa lista para ser abrazada y mecida. Pero: “Pronto acabará con tu paciencia”. “Por favor, enfermera, no te la lleves”. Oh, ya, pues entonces sólo un minuto. Los diminutos labios se aferraron al pezón, de nuevo el milagro, la vida que sabe exactamente lo que tú sabes. La enfermera está de pie frente a ti, con el ceño fruncido. “Todavía no tienes leche, ¿sabes? Mañana te bajará”.

Sombras de la Maternidad

Maternidad

Nadie te habla sobre las sombras de la maternidad. Cierto. En el tren, una mujer me contaba: me considero una mala madre porque no  he cubierto todas mis expectativas. Mi abuela fue una mujer sufridora,  paciente, mi madre abnegada y dócil. Detesto que esas cualidades sean las que definan la maternidad. Lucho por mantener mi condición de mujer, de persona, por encima de la de ser madre.

Ella tenía un hijo de tres años y otro que venía de camino. Sus palabras reflejaban la lucha titánica que mantenía consigo misma entre la construcción social y personal de ser una buena madre y la realidad de la misma cargada de luces y sombras. En ocasiones, demasiadas sombras.

Hablaba moviendo nerviosamente las manos, sin dejar de tocar su ondulado pelo negro. Lo que peor llevaba era el silencio ante amigos o familiares. No podía ni quería hablar de ello con nadie de su mundo cercano. Temía contarle sus pensamientos a su pareja; si él lo supiera, decía, me miraría como un monstruo.

Yo era una extraña a la que nunca volvería a ver, pero ¿y los otros?, ¿qué pensarían los demás si la escucharan? Vivía entre el deseo, el inmenso amor que sentía por su hijo y el rechazo al mismo por el tiempo absorbido, el cansancio y una extraña  insatisfacción que se había apoderado de ella.  Ese agotamiento mental, esa dependencia emocional, intensa, paralizante,  abrumadora,  suponía una pérdida de identidad personal en favor del nuevo rol asumido.

Jane Lazarre, poetisa y ensayista,  lo expresa así: “Temblarán y temblaré mientras nos saludamos, y haremos algún comentario sobre el tiempo y algún otro sobre el bebé, y ninguno sobre nuestros maridos, que no volverán hasta que oscurezca para ayudarnos con los niños mojados, fríos, malhumorados, y tampoco ningún comentario sobre nosotras. Para unas y para otras, para los niños pequeños y para los padres ausentes, somos madres. Soy la madre de Benjamin y en breve le daré los buenos días a la madre de Matthew”.

Creo que esa contradicción la hemos experimentado en algún que otro momento, aunque no nos atreviéramos a hablar de ello. Una especie de dulzor insípido y a veces ácido. La escritora A. Rich lo refleja de esta forma.

“Mis hijos me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado nunca. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia mortal entre el resentimiento amargo y los nervios crecientes y salvajes, y la gratificación y la ternura más felices…”, Adrienne Rich,

Cuando la mujer del tren se despidió de mí, no dijo su nombre, me pidió que no le hiciera caso, solo necesitaba liberarse del desasosiego que siente entre lo que se espera y lo que vive por dentro. Sonreí y le dije que en algún momento de nuestra existencias todas hemos sentido lo mismo. ¿Y por qué no lo cuentan? Contestó alzando la voz. Levanté los hombros y callé.  No había una respuesta. Se marchó y me estrechó la mano antes de decirme adiós.

Viéndola marchar a paso lento tirando de su maleta azul, pensé que muchas madres viven y han vivido como la mujer del tren, sobreviviendo a esta montaña rusa de luces y sombras que es la maternidad.

Creo que debemos abrir un poco nuestra alma de madre y mostrar los claros y oscuros del devenir de las horas, aunque tan solo sea para ayudar a otras mujeres a sentirse como lo que son, lo que somos, seres complejos cargados de nubes y sol. Un gran sol.

Os dejo este magnífico reportaje sobre los claro oscuros del ser padre y madre.

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=Kd__HOERWQ8&w=560&h=315]

 

http://www.rtve.es/alacarta/videos/documentos-tv/documentos-tv-caras-maternidad/1615306/

 

 

El talento de las madres

 

inteligencia talento madres “Tener talento es tener fe en uno mismo, en las propias fuerzas”  Maksim  Gorki

 Hace años salió en la prensa una noticia que me encantó. Una mujer interpuso una demanda a una empresa por no aceptar en su currículum  como mérito personal el ser madre. Durante cuatro años, esta profesional, no recuerdo bien su especialidad, tuvo dos hijos y se dedicó en cuerpo y alma a cuidarlos. Al reincorporarse al mercado laboral fue rechazada por su paréntesis profesional, desfase y errores en los contenidos curriculares. Por suerte, ganó la demanda y se aceptaron como méritos altamente valorables los de la maternidad.

¿Qué argumentaba esta mujer? Que al convertirse en madre y cuidar de sus hijos durante esos años había aprendido unas habilidades y unas destrezas que la hacían capaz de acometer tareas que en otro tiempo no hubiera sido capaz. Cierto, muy cierto.

Mirando atrás podemos escuchar el trajinar de nuestras madres, su práctica intensa llevando la casa, preparando la  comida, lavando y planchando ropas, atendiendo a los niños, ayudando en los deberes, limpiando, cosiendo  y una montaña de tareas que nunca parecían acabar. A eso, yo lo llamo talento, mucho talento.

Según la teoría evolutiva de Lamarck: “la función crea el órgano y la necesidad la función”.

La responsable en parte de la ejecución magistral en la adquisición de habilidades es la mielina. Una sustancia que rodea las fibras nerviosas como si se tratara de una  goma que envuelve un alambre de cobre. La práctica intensa de una habilidad, según los expertos, añade nuevas capas de mielina logrando que las acciones y pensamientos se vuelvan más veloces y precisos.

Las madres cuentan en su haber con tenacidad, autocontrol, esfuerzo, gestión de las emociones, tolerancia a la frustración, impulsan el crecimiento y habilidades de sus retoños. Y un sinfín de cosas más. José Antonio Marina lo llama “inteligencia triunfante”, una inteligencia que resuelve los problemas cotidianos y avanza con resolución.

Entre las características que definen el talento están: motivación, intereses, constancia, destrezas de comunicación, habilidad en la resolución de problemas, memoria, curiosidad, perspicacia, imaginación, humor y sensibilidad. Si todo ello lo tradujéramos al lenguaje del quehacer cotidiano de una madre, ¿qué tendríamos?; una persona altamente cualificada que gestiona una empresa que funciona las 24 horas. Un hogar.

Cuando mis hijos eran pequeños no me quedó más remedio que desarrollar todo tipo de tareas, que ni siquiera sabía que podía hacer. Nadie te prepara para ello, pero mediante aprendizaje vicario, viendo a otras madres, curiosidad, preguntando, humor, mucho, creatividad, ni os cuento, y sobre todo empeño, se aprenden y se dominan destrezas impensables. Tener a tu hijo en brazos, acunarlo y mirarlo es una fuente de  motivación imparable.

Estoy convencida que una mujer, al ser madre, desarrolla una capacidad notable que la hace altamente eficaz. Ya veis, y todo ello sin necesidad de ir a la universidad. Y es que la maternidad es algo tan grande que solo con mirar a tu hijo te sientes la persona más capaz del mundo.