El parto en la pantalla. Una escalera al revés.

Autor Viernes, julio 8, 2016 0 Permalink 0

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“Las palabras nunca alcanzan  cuando lo que hay que decir desborda el alma” Julio Cortázar

Dicen que la ficción imita la vida. Quizás.  En temas de parto no sé si considerarlo una burda imitación o un tierno desacierto. Puede que solo sea ingenuidad, la que lleva a escritores y guionistas a colorear la realidad para adaptarla a las luces cinematográficas.  Algo así como subir una escalera al revés.

El cine y  la televisión son un juego de luces y sombras  que con frecuencia nos pintan una realidad superficial, banal. Los partos en la pantalla aparecen como una pantomima o un asunto excesivamente dramático. Irreal. Y es que la normalidad no tiene ningún valor televisivo. El drama sube la audiencia. Y en el tema de maternidad, o lo colorean de comedia o de auténtica tragedia. No hay términos medios. Una imitación de la realidad tan edulcorada que difícilmente puede ser creíble y que al final consigue el efecto contrario, un entretenimiento deformado y sesgado.

Ina May Gaskin (2003) afirmaba, “las exigencias de la televisión comercial y el cine han dado lugar a la propagación de muchos mitos y conceptos erróneos acerca de parto y el nacimiento… Las mujeres y las niñas criadas con este tipo de información, sin un conocimiento preciso, aprenden a  equiparar el dolor del parto con el peligro. El dolor se presenta como si pudiera ser fatal “

El parto en la pantalla. Una exageración basada en hechos reales. Una escena sintetizada con cientos de realidades. Lo que podía ser un momento conmovedor, intenso y agradable el celuloide lo convierte en una parodia o un drama.

Hace un par de semanas, Ana, una gestante de 38 semanas, no terminaba de creer que no estuviera de parto. Recuerdo que tras ponerle el monitor y explicarle la situación, me dijo que se sentía fatal. Recordaba escenas de partos en tv y además del miedo que sentía, se veía  confusa, desorientada, perdida.

No lo entiendo. He venido cuando he sentido las primeras contracciones. Estábamos paseando   cuando de pronto he notado la tensión en el vientre. Una dureza y una molestia que me bajaba por los muslos, como un calambre. Muy fuerte. Tuve que detenerme. Cogimos el coche y al llegar  aquí  me dicen que tengo el cuello cerrado. ¡Cerrado!  De verdad no lo comprendo. El otro día en una película, ella empezaba con contracciones, como yo,  en un centro comercial y casi no llegan al hospital. ¿Y ahora qué? La ginecóloga me ha dicho que pase la noche aquí y mañana si sigo igual, a casa. Esperar. ¿Esperar a qué? Qué torpe me siento. Qué torpe.

¿Qué diferencias hay entre un parto televisivo y uno real?

  • En la pantalla el parto se desencadena de forma brusca, repentina. Aparece una contracción que hace las veces de campana y anuncia que el bebé va a llegar ¡ya! En la vida real, las contracciones vienen y van como salvas, agrupadas. Aparecen y desaparecen con facilidad. Desde la primera contracción prodrómica o de preparación hasta que se desencadene el parto, pueden pasar días o semanas.
  • La gestante rompe bolsa, generalmente en un sitio público, lleno de gente y todo se pone en marcha como si de un incendio se tratara. Nervios, prisas, urgencias, sensación de gravedad inminente porque el bebé puede salir en cualquier momento. La mayoría de veces desde que se rompe aguas hasta que comienza el parto, suelen pasar horas, bastantes horas.
  • El momento del parto; el expulsivo, los pujos, la salida del bebé; se reviste de un dramatismo exagerado. Gritos, insultos, conductas agresivas, desmayos y un sinfín de teatralidad. A todo ello, suelen añadirse casos dramáticos, desafortunados, que por suerte, se dan con escasa frecuencia.  El expulsivo es un momento duro, intenso, agotador, hermoso, liberador. Colorear ese momento de drama y desesperación es desorbitar el instante.

Un estudio realizado por la profesora Sarah Clemente sobre la distorsión del nacimiento en la televisión británica en 1993, mostró que  la mayoría de partos fueron retratados como un proceso rápido e impredecible, inesperado. De los 92 nacimientos emitidos, cuatro bebés y una madre murieron y otros cinco bebés y cuatro madres sufrieron complicaciones que amenazaban la vida. Como veis, bastante efectista, televisivamente hablando.

Todo esto sucede en series de tv y películas en las que aparece un parto. Por suerte, cuando la película trata de la maternidad, entonces sí se produce un fiel reflejo de lo que puede ser el hecho materno.

Comparto con vosotros un par de artículos geniales  sobre embarazo y parto en el cine,  publicado en la revista “Pediatría Atención Primaria.   En él, el neonatólogo Javier González de Dios, uno de los autores, afirma que sería bueno prescribir determinadas  películas.

  • No llores mujer (Christy Turlington, 2010);
  • Nacer-Diario de maternidad (Jorge Caballero, 2012);
  • Néixer (Ana Victoria Pérez, 2012)
  • Un feliz acontecimiento (Rémi Bezançon, 2011).

Son grandes películas que nos hacen pensar y tomar concienciar sobre lo que de verdad importa; los conflictos del embarazo, el tema  del parto, las dificultades del parto respetado y el problema de la maternidad como reto, como experiencia trasformadora de la mujer, de la pareja, de la familia.

A Ana, la gestante de la que os hablé, le dieron el alta al día siguiente. Hizo tres visitas más al hospital antes de que ingresara de parto. Un parto rápido, precioso y nada dramático. Por suerte, la realidad  suele ser más bondadosa y plena que  la ficción. Cuidaros.

 

Instrucciones para subir una escalera al revés

Julio Cortázar

En un lugar de la bibliografía del que no quiero acordarme, se explicó alguna vez que hay escaleras para subir y escaleras para bajar; lo que no se dijo entonces es que también puede haber escaleras para ir hacia atrás. Los usuarios de estos útiles artefactos comprenderán, sin excesivo esfuerzo, que cualquier escalera va hacia atrás si uno la sube de espaldas, pero lo que en esos casos está por verse es el resultado de tan insólito proceso. Hágase la prueba con cualquier escalera exterior. Vencido el primer sentimiento de incomodidad e incluso de vértigo, se descubrirá a cada peldaño un nuevo ámbito que, si bien forma parte del ámbito del peldaño precedente, al mismo tiempo lo corrige, lo critica y lo ensancha. Piénsese que muy poco antes, la última vez que se había trepado en la forma usual por esa escalera, el mundo de atrás quedaba abolido por la escalera misma, su hipnótica sucesión de peldaños; en cambio, bastará subirla de espaldas para que un horizonte limitado al comienzo por la tapia del jardín, salte ahora hasta el campito de los Peñaloza, abarque luego el molino de la Turca, estalle en los álamos del cementerio y, con un poco de suerte, llegue hasta el horizonte de verdad, el de la definición que nos enseñaba la señorita de tercer grado. ¿Y el cielo? ¿Y las nubes? Cuéntelas cuando esté en lo más alto, bébase el cielo que le cae en plena cara desde su inmenso embudo. A lo mejor después, cuando gire en redondo y entre en el piso alto de su casa, en su vida doméstica y diaria, comprenderá que también allí había que mirar muchas cosas en esa forma, que también en una boca, un amor, una novela, había que subir hacia atrás. Pero tenga cuidado, es fácil tropezar y caerse. Hay cosas que sólo se dejan ver mientras se sube hacia atrás y otras que no quieren, que tienen miedo de ese ascenso que las obliga a desnudarse tanto; obstinadas en su nivel y en su máscara se vengan cruelmente del que sube de espaldas para ver lo otro, el campito de los Peñaloza o los álamos del cementerio. Cuidado con esa silla; cuidado con esa mujer.

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