Ser madre, ser persona

Autor Lunes, junio 26, 2017 0 No tags Permalink 0

 

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“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, Mahatma Gandhi.

Hoy voy a hablar de lo  que significa ser madre.

Ser madre es intentar hacer las cosas lo mejor posible, al margen de los resultados. ¿Acaso un atleta que no gana una medalla de oro es peor que aquel que sí la ha ganado? La gente es grande por lo que supera, no por lo que logra.

En realidad ser madre solo trata de una cosa: del amor; aunque tristemente también añadiría otra palabra: la culpa. He conocido ancianas que han llevado consigo durante toda una vida el torpe pensamiento de creer que no han sido buenas madres. Nos creemos culpables de todo lo triste que le sucede a nuestro hijo, desde sus enfermedades hasta de las elecciones que hagan en la vida cuando sean adultos. ¿Cómo es posible?

Con el tiempo acepté que querer controlarlo todo es como ponerle puertas al campo. Permanecer abierta a todo lo que saliera a mi encuentro era más que suficiente. Ser madre es admitir que todos, absolutamente todas las personas somos maravillosamente imperfectas. Es abrazar nuestra fragilidad de seres vulnerables, descubrir que las habilidades maternales se aprenden con el tiempo y que la madre naturaleza, nuestros genes, solo nos regala el instinto de protección. El resto, como cualquier oficio, es un aprendizaje continuo.

 

Cuidar a otros nos hace grandes, inmensas, cierto. Sin embargo, no hay que idealizar la maternidad, ni subirla al olimpo de los dioses. Ni la vida ni los hijos son de color rosa ni azul cielo, son como nosotros: impredecibles y complejos. Toda una aventura, todo un desconcierto.

Por lo general buscamos aquello que no existe; la dichosa perfección. Decía con mucha razón Mario Benedetti: “La perfección es una pulida colección de errores”.  He necesitado muchos años para dejar volar la eterna duda de si he sido y soy buena madre. Miro atrás y me veo tan ingenua recordando aquel tiempo… Las normas implantadas como si fueran dogmas, los consejos  seguidos al pie de la letra, el sólido armazón de lo que yo pensaba que era una maternidad perfecta. Qué inocente fui complicando lo sencillo.

Ser madre es no entender nada, amar lo que haces sin preguntas y, lo más asombroso, sin respuestas. Y es que hay momentos en los que literalmente bebes la vida, instantes fugaces de una plenitud conmovedora que nada tiene que ver con los miles de pájaros que la dichosa sociedad ha puesto en nuestras cabezas.

Hay días en que la fe en ti misma desaparece, que todo se nos escurre entre los dedos sin saber cómo, días en los que las tormentas pueblan nuestro mapa sin cesar. En otros, por el contrario, parece que la belleza del mundo entero habitará nuestro hogar eternamente. Sueños. Cuando los niños duermen y el silencio de la noche entra en tu hogar con nuestras cosas a medias, nuestro desorden medio ordenado, nuestras listas de tareas no terminadas, nos encontramos con la mujer, con la persona: fuerte, débil, delicadamente poderosa.

Querer estar a la altura de las expectativas sociales, familiares, personales es querer tocar las estrellas, nos quemarían las manos. Lo esencial eres tú, tus creencias,   tú conciencia. Y es que a veces miramos desde una altura tan alta que todo, absolutamente todo, se confunde.

¿Qué hacer cuando surgen las dudas?

Tomar aire y respirar despacio. Abrir los pliegues del alma y dejar allí acunado vuestro quehacer diario, vuestro impagable esfuerzo, vuestra colosal paciencia y sobre todo ese amor infinito que nunca imaginasteis poseer. Sentir vuestro ese paisaje recién conquistado; ese espacio sagrado entre la niñez y la madurez llamado maternidad.

Porque, después de todo, lo que realmente importa es amar lo cotidiano, nuestras lunas y nuestros soles, de eso trata ser madre, ser persona. Las palabras, los conceptos, las opiniones ajenas son solo pájaros en el cielo que debemos dejar volar y volar. Igual que ellos algún día volaran.

 

“Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.

Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.

Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.

Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.

Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.

Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.

Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.

En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.

Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’. Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

Rabindranath Tagore

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