Ana, Feliz Navidad. (Relato verídico de una embarazada en Nochebuena)

 

bc7a9e523d0a5fa8b66400c33a2ada65

—¿ Cómo te vas a ir? Seguro que no es para tanto. Acuéstate y se te pasara. ¡Es nochebuena!—saltó mi cuñada.

 Desde el pasillo, yo miraba la cocina: la pila llena de cacharros, la encimera con los platos sucios, los vasos, las copas, las fuentes, las bandejas del horno… Todo. Y de fondo se podía escuchar  por…, no sé, ¿décima vez?, un disco que las gemelas, con sus seis añitos. Lo volvían a poner de nuevo, al tiempo que su padre gritaba: “No por favor, otra vez no”.

Regrese al salón, me senté. Mi cuñada desde el sofá, sujetando el vaso del cubata, me miraba diciendo: “brindemos. Ana, feliz navidad”. En ese momento pensé que debería haberme puesto unas uñas de porcelana tan largas como las de ella; y así no hubiera  fregado, ni cocinado, ni retirado la mesa, ni barrido. Nada.

— ¿Y su marido, qué decía? —preguntó el doctor.

—Brindaba con mi cuñado por el nuevo milenio.  Había comprado  una amplia variedad de cervezas para celebrarlo.

—Y usted ha decidido venir al hospital en una noche como esta para descansar. ¡Increíble! Tiene un gran poder de fabulación, señora.

Dios sabe que intenté resistirme, resistirme a la idea que al atardecer entró en mi cabeza, resistirme a la decisión que tomé y sobre todo a la falta de sinceridad con el padre de mis hijos. La duda fue rápida; la decisión, lenta.

—Bueno, estaba molesta. La presión aquí abajo es constante —dije, señalando el pubis—.  Todos pendientes de mí, con palabras, solo palabras. ¿Sabe lo que hice? Me levanté sería y compungida y fui a cambiarme, con la rabia escondida entre los pliegues del vestido premamá de fiesta ¡Menuda fiesta! Abrí el armario y sonreí. Una sonrisa triste y derrotada, que me dejó en la boca un sabor áspero y amargo. No fue fácil.